quarta-feira, 14 de novembro de 2018

Casandra VI






Casandra

Por inspiración especial

Llegó el momento en que las oscuras nubes provenientes de Grecia se volvieron más densas. Una tormenta arrojó a tierra una pequeña flota en la que lograron salvarse Paris y Helena. Gran alegría se apoderó de Troya cuando la pareja, transportada sobre escudos, hizo su entrada en la ciudad. Deslumbrante era el esplendor de su belleza y suntuoso el festín que siguió a su recibimiento.

Pero ni Hécuba ni Casandra se animaron a hacerse partícipes de ello: el cavilar sobre qué dirían sus héroes respecto de las acciones de Paris y el pensar en si llegarían a regresar de su viaje de reconocimiento no las dejaba tranquilas. Lúgubre se cerró la atmósfera sobre Troya, y hasta el pueblo se sentía abrumado por un no sé qué indefinido. Un desasosiego se fue colando imperceptiblemente. Casandra fue la primera en sentirlo.

En esos años de desarrollo espiritual, Casandra había florecido para convertirse en una mujer hecha y derecha, y era el encanto y la alegría de su entorno. Con Paris vinieron algunos héroes que la hallaron muy de su agrado. No obstante, ni una de sus deliciosas sonrisas asomó a su rostro, ni una sola de las dulces palabras que le dirigían logró llegarle; al contrario, su ceño se fruncía amenazante cuando alguno de los héroes la saludaba cortésmente.

Era como si esa joven normalmente tan callada y bondadosa repeliera airada y echando chispas cualquier tipo de acercamiento. ¿Sería que la protección de las alturas la rodeaba a modo de muralla? Ella misma no sabía. Mas sufría bajo las miradas injuriosas y hasta lacerantes de sus pretendientes. No era su intención el herir a nadie, y no obstante a eso, se buscó verdaderos enemigos. Entre las mujeres era tachada de soberbia; entre los hombres, de fría y altiva. Y sin embargo, grande era el anhelo de amor que ardía en su alma excelsa y pura.

Ese fue el tiempo en que le fue retirada la venda de su ojo espiritual y Apolo se le volvió a aparecer.

Aproximándose en una nube mientras ella descansaba en su floresta y la contemplación de todas las fuerzas superiores ocupaba sus pensamientos, el dios se le acercó. Este fue al encuentro de la joven con amor, como solían hacer las sustancialidades cuando la raza humana mantenía estrechos vínculos con ellas, y la deidad le manifestó que la consideraba la más digna de todas. Con la ayuda de las fuerzas sustanciales de la que él disponía, a la joven se le haría posible obrar verdaderos milagros de poder. 

Todo esto se lo mostró por medio de imágenes sugerentes. Pero incluso hacia este eximio y puro ser de la naturaleza la joven esgrimió esta fuerza repelente en su interior que tanto la asustaba a ella misma. Con palabras de flagrante ira le advirtió que no se le acercara y despreció la fuerza de su luz y de los colores tintinantes de su coro sugestionador. La muchacha no tenía ni idea de dónde le venía la fuerza que le hizo ordenarle que se fuera, que ella pertenecía a alguien más excelso.

Bramante, se desató una tormenta y la luz del sol perdió su brillo. Sobre el cielo de Troya se movían como fustigadas nubes negruzcas. En un abrir y cerrar de ojos la floresta de Apolo había quedado envuelta en penumbras y un terrible relámpago fulminó el tronco de la acacia que se alzaba junto a la gruta. Por doquier se oía el retumbar de los truenos y de la tierra, que era sacudida por temblores, e incluso mucho después de que las nubes ya se hubieran retirado, el sol seguía sin brillo. Ya que, con la fuerza de su voluntad, Artemisa, la diosa de la pureza, había echado sombras sobre aquel y la luna lo había eclipsado.

Dueña de un aciago presagio, Casandra estaba consciente de que este oscurecimiento representaba una advertencia de los seres sustanciales de que las tinieblas proyectarían sus sombras por un largo tiempo más sobre ella y los suyos. Mas no por ello estaba triste, pues había ascendido a alturas cuyo resplandor con mucho opacaba el del sol. Le había sido dado el echar un vistazo a su patria.

Ello le permitió a Casandra darse cuenta de que estaba por encima de los llamados dioses y de que pertenecía a Alguien que era más excelso que Zeus.

Y la fuerza de Dios recorrió todo su ser.


Casandra se levantó como si despertara de un sueño.

¿Qué luz sería esa que tan familiar le resultaba y que, aun así, brillaba tan pero tan lejos? ¿Qué sería ese rayo que la había alcanzado y, no obstante, no le había hecho daño? La sangre le hervía como si por sus venas corrieran ríos de lava. No estaba aturdida, no, como creía al principio, sino vivificada, vigorizada por la corriente de la Vida.

Grandes y diáfanas brillaban las estrellas en el cielo, que, ya despejado de las tormentosas nubes y liberado de la tempestad, mostraba un aspecto bonancible a toda criatura bajo su égida. El oscurecido sol se había retirado a descansar y la noche estrellada se entregaba a su apacible sueño.

Mas hoy ese cielo, con toda su magnificencia y sus millones de astros relucientes, se le antojaba apagado y sin brillo a la joven, le parecía distanciado y frío. Ya que ella estaba envuelta del rayo de la viva luz primordial, que era su hogar. Al regresar a su existencia terrenal, su alma estaba aún en una nebulosa, pero de una cosa sí estaba consciente: arduo era el camino que en adelante habría de seguir. Horrorizada, se vio recorriendo este sendero, rodeada de personas que recogían piedras del suelo con la intención de arrojárselas. Presa del horror sintió el dolor de las heridas causadas y deseó poder salir corriendo, mas la Tierra la retenía con mil hilos.


Cuando Casandra entró al castillo, el enorme perro guardián soltó un aullido quejumbroso y se echó a sus pies. El castillo todo estaba envuelto en un silencio sordo y opresivo. Solo se escuchaban, provenientes de las colinas, las plañideras tonadas de una gaita. En el salón donde trabajaban las mujeres se produjo silencio tan pronto Casandra entró a la habitación. Muchas miradas, tensas por la curiosidad las unas, agrias las otras, siguieron a la joven, y hubo quienes se pusieron a murmurar sandeces absurdas y supersticiosas a sus espaldas.

¿Qué sería esa cosa en un rincón que le mostraba los dientes a la muchacha y se ensanchaba cada vez más? No era sino el miedo que sentían de esa joven cuya mirada todo lo penetraba, un miedo que se transformó en sospecha, y hasta en odio.

A Casandra se le cubrió el corazón; ¿qué podía hacer? Si les decía cuánta pena le causaban cuando se enmarañaban en sus viles mentiras, las mujeres no harían sino negarlo todo. Fue una Casandra con la cabeza gacha la que se retiró en silencio a su habitación.–


Esa misma noche se encontraban en los pastizales, no muy lejos de la puerta principal de Troya, dos hombres, dos pastores, cuando en el cielo teñido de añil se vio una luz en forma de cruz brillando sobre el castillo.– 

Casandra no lograba conciliar el sueño. La joven veía barcos en alta mar, hasta que se dio cuenta de que se trataba de los navíos de su padre. Las naves navegaban con rumbo a la patria y no eran buenas las noticias que traían consigo. Un peso amenazante cayó sobre las espaldas de la muchacha.

Armada de una lámpara entró la joven al aposento de su madre, a fin de informarle de lo que sabía. Hécuba, empero, se limitó a contemplarla con mirada fría e incrédula, y encogiéndose de hombros, le dijo:

«No te pongas a inquietar a la gente de la casa; esperemos a ver qué pasa».

Ni siquiera la madre le creía.

Mas sola que nunca se sintió la joven en esta Tierra y en la Creación.

Entretanto se celebraban fiestas y se malgastaban las bondades de la tierra. Con el ceño fruncido oía Casandra el griterío y el ulular de los juerguistas al salir estos de los salones. La gente todavía celebraba el retorno de Paris.

Armada de una antorcha ardiente salió la joven al encuentro de los borrachos y los amonestó:

«Pronto enmudecerán vuestras gargantas y lamentaréis el no haber guardado el vino para los años flacos».

Carcajadas y gritos fueron la respuesta.

«¡Oigan a la virtuosa!; ¡lo que debería hacer es irse a la cama!».

Casandra quedó muda de la ira y el hastío y, dándose vuelta, se marchó de allí. Mas el llameante aliento de la Palabra había despertado en ella y continuaba ejerciendo su efecto, de modo que a la joven ya no le era posible callar. Continuamente oía una voz de alerta que una y otra vez le anunciaba el destino que le aguardaba a su pueblo si éste no hacía caso. Con las manos elevadas al cielo, Casandra rogó que se le liberara de esa gran corriente de luz; la respuesta, empero, fue: «¡Tienes que cumplir!».

continúa)





Una traducción Del original en alemán


Kassandra


Verwehte Zeit erwacht - Band 1 - 1935




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